A mi amiga Mayra
Después de las olimpíadas de mis pensamientos para no dejarme dormir, hice las paces conmigo misma y cerré los ojos. Los cerré con la idea de que con suerte, todo moriría al menos por una noche. Que sin importar que la mañana lo resucite todo de nuevo, al menos habría podido dormir.
Mi problema, o nuestro problema, siempre fue que nunca supimos comunicarnos. Nunca tuviste el valor para confesarme que mis amigos te caen mal y yo nunca pude decirte que te amo, al menos no con palabras. Supongo que todas esas cosas cerraron más y más puertas entre nosotros y ahora no tengo cómo cruzar. Estoy atrapada, de mi lado, sin traición, pero sola.
Tonterías.
Porque cerré los ojos para comenzar a soñar. Soñé que a ti te dolió más. Que cuando nos separamos, comenzaste una rutina para guardarme tus lágrimas. Que aquellos ojos que nunca antes habían llorado, se desbordaban por mí. Bastaba un gotero y un frasquito hasta que el frasquito se llenó. Buscaste otro frasco más grande y cuando éste se llenó, tuviste que buscar una jarra. Te diste cuenta que guardar las lágrimas sólo ocupa espacio y me las mandaste por correo. Yo me las tomé.
Me levanté, empapada en sudor. Hacía muchísimo calor y el sol me quemaba la frente. Un señor alto y musculoso me tocó la puerta. Un perfecto uniforme me dio una carta y sus más sentidas condolencias. Ahora sé que jamás debí dejarte ir y que preferiría tomarme tus tristezas que tener que tragarme la mía.


